Sábado, 27 de septiembre a la 1:00 PM
Catedral de San Agustín
Mis queridos hermanos y hermanas,
Fue por esta época del año, a principios de octubre o finales de septiembre, cuando algunos de mis nuevos amigos de primer año en la preparatoria Regis y yo nos quejábamos sin parar de tener que estudiar griego todos los días. Y lo peor es que teníamos un examen diario. Mientras tanto, nadie se dio cuenta de que detrás de nosotros estaba nuestro profesor de griego, el padre James Kelly, un jesuita santo y bondadoso. Se giró hacia nosotros al ver que nos habíamos quedado paralizados. Dijo algo que jamás he olvidado.
Esperaba una reprimenda, pero en realidad tenía un tono paternal. Nos dijo: «Caballeros, tienen que elegir. O viven su vida contando sus desafíos y problemas, o viven su vida contando sus bendiciones y su alegría. Todo está en juego». Pensé: «Menos mal que no nos tocó la jarra».
Pero tantos años después, ¡cuán cierto es!, ¡cuán cierto era y sigue siendo! Tú y yo, como personas de fe, sabemos lo que significa contar nuestras bendiciones porque cada vez que nos acercamos al altar de Dios le presentamos nuestras bendiciones y alegrías, tanto en nuestros triunfos como en nuestros problemas y nuestras penas.
Pero damos gracias por el don de la salvación en Jesucristo. Damos gracias por participar del misterio de su muerte y resurrección. Cada vez que nos acercamos a su altar, participamos de ese misterio en el cual tú y yo hemos sido salvados. Ciertamente, hay problemas y desafíos en la vida, pero nuestras vidas están llenas de bendiciones. La mayor bendición de todas es tener un Salvador y Redentor que nos ha liberado.
Como comunidad de fe, hoy es un día para agradecer una bendición que se encuentra oculta entre nosotros, una bendición que tú y yo hemos aprendido a reconocer en nuestras parroquias, en las escuelas, en nuestros hospitales, en las instituciones que brindan atención a los enfermos, los necesitados y los pobres. Todos ustedes, mis amigos, que son homenajeados, son la bendición que tenemos entre nosotros.
Y hoy, nosotros, sus hermanos y hermanas, damos voz a lo que ustedes, pastores, y sus hermanos y hermanas en todos los lugares donde sirven, tengo el privilegio de decirles en nombre de todos ellos: gracias. Hoy damos gracias por cada uno de ustedes. Y hay mucho por lo que dar gracias. Ante todo, por todo lo que hacen en el nombre del Señor Jesús.
Piensa en todas las vidas que bendices de maneras invisibles y desconocidas: los niños con quienes compartes tu tiempo y a quienes das clases particulares; aquellos a quienes visitas en el hospital y que tal vez no han recibido visitas en semanas; quienes reciben alimento de tus manos y que de otro modo pasarían hambre; todo el trabajo silencioso que se realiza en la rectoría, sin el cual la parroquia no podría funcionar. Piensa en quienes te paras frente a los jóvenes y tratas de transmitir la fe con alegría en un mundo que dice: «No te molestes», y la lista continúa. En todo lo que haces, amigos míos, eres una bendición y un instrumento de bendiciones para los demás.
Y hoy les decimos a cada uno de ustedes: gracias. Pero más que eso, son mujeres y hombres extraordinarios, íntegros, fieles, generosos, entregados y valientes. Su testimonio transforma más corazones que los que ustedes mismos transforman. Quizás las muchas vidas que bendicen no se lo digan directamente, pero hoy puedo decirlo por ellos: gracias por ser quienes son en Cristo.
Pero permítanme agradecerles una última cosa. Como saben, queridos amigos, hoy, como escucharán en la oración final, celebramos la fiesta de Vicente de Paúl, un hombre que surgió en una época de la Iglesia a finales del siglo XVI y principios del XVII, cuando la Iglesia se recuperaba de escándalos y corrupción, intentaba reformarse y renovarse, cuando trataba de restablecer su confianza y testimonio, cuando buscaba consolidarse para que la fe pudiera llegar a los cuatro rincones del mundo. Una época que, sorprendentemente, se asemeja a la que ustedes y yo vivimos ahora.
Vicente de Paúl se destacó como un hombre que dedicó su vida a los más pobres entre los pobres, sin importar quiénes fueran. Incluso enseñó a sus sacerdotes que si llamaban a la puerta y alguien era pobre, debían interrumpir su oración, pues ese acto era una forma de glorificar a Dios. Como ven, amigos míos, Vicente de Paúl fue un evangelizador de su época. Y todos ustedes, mis queridos amigos a quienes honramos, son igualmente evangelizadores en nuestra era, donde el mundo no se interesa tanto en escuchar nuestras palabras como en verlas puestas en práctica, y ustedes lo hacen de innumerables maneras cada día.
Personalmente, y en nombre de la Iglesia, les agradezco por ser los evangelizadores que necesitamos aquí y ahora. Saben, queridos amigos, es importante dar gracias; es la esencia de nuestra fe. Pero la verdad es que hay otro agradecimiento que nos espera a todos, y ese agradecimiento no saldrá de mis labios. No saldrá de los labios del Padre Kelly. No saldrá de los labios de nadie a quien sirvan. Saldrá de los labios del Salvador y Maestro. Porque cuando nuestra peregrinación terrenal termine, él los mirará y les dirá: ‘Gracias, siervo bueno y fiel; ven al lugar que te he preparado desde el principio de la creación‘. Amigos, felicidades. Y permítanme terminar simplemente diciendo: ‘Gracias’.


